La Cueva de Can Marçà, en la isla de Ibiza

Formada hace ya más de 100.000 años a causa de las fallas ocasionadas en el terreno, la Cueva de Can Marçá (o Can Marsá), localizada en el pueblo de San Miguel del norte de Ibiza, rebosa historia y geología en cada una de sus galerías interiores, siendo uno de los puntos turísticos más importantes de la isla.

Curiosamente, la cueva fue descubierta por primera vez por los contrabandistas, quienes vieron en ella el almacén ideal para sus mercancías robadas. Se las apañaban para izar sus motines desde el mar hasta una abertura situada a unos 8 o 10 metros. Hoy en día aún se pueden apreciar las señales que pintaban para asegurarse la vía de escapatoria.

Sin embargo, San Marçà no cobró importancia turística hasta la década de los setenta, cuando llegó a la población de San Miguel el espeólogo belga Jean Pierre Van der Abelle. Poco después de encontrar la entrada y salida de la cueva en los acantilados del puerto, gracias a la ayuda de los habitantes, empezaron los trabajos para habilitarla.

Centrándonos en la visita, antes de adentrarnos tierra adentro hay que completar un precioso camino tallado en la misma roca del acantilado para llegar a la entrada de Can Marçà, alzada a unos diez metros sobre el nivel del mar Mediterráneo. A lo largo del camino se puede disfrutar del primer mirador, desde donde se obtiene una magnífica perspectiva de la bahía del puerto de San Miguel, con la isla Murada al fondo.

Flickr: cubitera

Una vez dentro, durante el trayecto, de unos 350 metros de longitud y aproximadamente 40 minutos de duración, pasaremos por diferentes salas, como la Sala de la Entrada, el Templo de Buda, la Sala de la Cascada, el Lago de los Deseos o las Galerías Secas. Algunos de los espeleotemas interiores, como estalactitas, estalagmitas, columnas, gours o excéntricas, que no han seguido con su ciclo natural hasta la actualidad, han sido “reactivados” artificialmente recreando su funcionamiento hidrológico para mostrar didácticamente al visitante su origen y dinámica.

Una de las salas más destacadas es la del Lago de los Deseos, cuyas aguas están coloreadas de un verde llamativo gracias a la sustancia llamada “fluoresceína”, descubierta a principios del siglo XX. Por otro lado, la Sala de la Cascada nos sorprenderá con un espectáculo de agua, luz y sonido.

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